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Bulletin # 19
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EL GALEÓN DE MANILA
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Los españoles nunca consiguieron tener una presencia activa y permanente en
Extremo Oriente, a pesar de haber sido los primeros occidentales en alcanzar
muchas de estas tierras. Sin embargo, su presencia en Filipinas durante más de
tres siglos aseguró un tráfico comercial permanente entre la península ibérica y
países tan remotos y exóticos para los españoles como China o Japón. La herencia
más notable de nuestra aventura en Oriente fue el llamado galeón de
Manila, o galeón de Acapulco, que durante 250 años (1565-1815) cubrió regularmente
el trayecto Manila-Acapulco-Manila. Desde Acapulco, los mantones
chinos, las sedas, las porcelanas, las especias, las alfombras o joyas llegaban regularmente
a España junto con tejidos
orientales, lacas, estampas y otros muchos
objetos y costumbres que pusieron
de moda en nuestro país el Lejano
Oriente.
La nao de Acapulco, el galeón de Manila
o el navío de la China, que de todas formas
fue llamado, comenzó su andadura
en 1565 cuando el agustino Andrés de
Urdaneta, acompañante de Legazpi en
su viaje a Filipinas, consiguió realizar la
“vuelta de poniente”, también llamada
“el tornaviaje”, es decir, encontró el camino
de vuelta desde Filipinas a América,
algo que varios navegantes habían intentado
sin lograrlo.
El primer galeón cruzó el Pacífico en
1565 y el último en 1815. Durante los
dos siglos y medio que duró la ruta, los
galeones hicieron una vez al año el largo
y solitario viaje entre Manila-Acapulco-
Manila. Ninguna otra línea marítima ha
durado tanto, ni ha sido tan arriesgada y peligrosa. El número total de galeones,
que navegaron las aguas del extenso Pacífico durante los doscientos cincuenta
años de viajes, fue de ciento ocho. Los capturados fueron cuatro y los
hundidos, debido a fuerzas de la naturaleza, veintiséis. El último galeón salió
de Manila en 1811 y regresó cuatro años después, en 1815. Curiosamente la
embarcación se llamaba Magallanes.
Los viajes del galeón han sido ampliamente estudiados y documentados puesto
que constituyeron un tráfico comercial muy importante para España y de los
Bahía de Acapulco.
que se guardan numerosos registros. Se sabe que la distancia entre la latitud de
ida y vuelta era de unos treinta grados, aunque dependía de los monzones. No
utilizaron convoyes de protección, pues las rutas estaban muy estudiadas y la
pericia de los marinos suficientemente probada. Sin embargo, esta monotonía
en el trayecto no facilitó el descubrimiento de otras islas.
En el comienzo del tráfico del galeón, no existieron normas ni disposiciones sobre
el tamaño de los navíos, ni sobre el número de ellos que podían realizar el
viaje anualmente, aunque los manileños –por razones económicas– prefirieron
sólo uno. El tonelaje, al principio, se fijó en trescientas, pero con el tiempo algunos
superaron las dos mil. La mayor parte de los galeones fueron construidos con
madera de las islas, teca, molave o “lanang”, de excelente calidad, en los astilleros
de Cavite, con trabajadores chinos y malayos, principalmente.
De Manila a Acapulco, el galeón solía zarpar entre finales de junio y mediados
de julio, época donde podía aprovechar los vientos monzónicos más
favorables. Una vez cargado, se celebraba la procesión con la Virgen
de la Paz y del Buen Viaje, el arzobispo bendecía el barco y a
su tripulación, repicaban las campanas de todos los templos de
la ciudad y el gobernador daba la orden de zarpar. Desde Cavite
se dirigían al embocadero de San Bernardino, entre
las islas de Luzón y Samar, y luego en dirección
nordeste remontaban hasta los 35º buscando las costas
de la alta California para ir costeando hasta Acapulco.
El promedio del viaje era de unos seis meses.
De Acapulco a Manila zarpaba entre finales de febrero y primeros de marzo;
el viaje era más fácil, por la placidez de las aguas y favorecido por los vientos
alisios. Dirigiéndose en línea recta hacia el sur, aprovechaban los vientos del
N.O. y al llegar al paralelo de Manila viraba hacia el Oeste. La duración del
viaje era de un promedio de tres meses. Cuando el galeón anclaba en la bahía,
toda Manila era una fiesta. La llegada de la nao, de la que dependía la fortuna
material de la colonia, provocaba sonidos de campanas y las iglesias se llenaban
de gente en acción de gracias.
Rumbo a Filipinas, el galeón transportaba misioneros, oficiales del rey, mercaderes
y soldados y diversos tipos de mercancías (barras de plata y pesos acuñados
en México y Perú para pagar al personal de la colonia y a las empresas),
animales, plantas americanas. A su vuelta, el galeón del Oriente volvía cargado
de mercancías de la India, Japón, y las Molucas (clavo, canela, jengibre, pimienta,
nuez moscada, cúrcuma, seda, marfil, porcelanas, algodón, canela de
Mindanao y cera, alfombras y tapices, vestidos de algodón, alfombras persas, lacas
chinas y japonesas, abanicos, té, cigarrillos, objetos de oro y orfebrería). Al
llegar a Acapulco se organizaba una feria que era uno de los mayores mercados
del mundo. Allí se quedaban parte de los productos, otros iban hacia Perú y
otros hacia Veracruz para ser embarcados en la flota del Atlántico y llegar hasta
los mercados españoles.
El galeón era una especie de monopolio, cuyos beneficiarios eran el gobierno,
empleados oficiales –incluido el clero– y el resto de los españoles en proporción
diversa. Una especie de intercambio cultural y material entre dos mundos.
Manila exportaba: seda, marfil, hierro, porcelana
y lana, procedente de China; algodón y
especias, de la India; algodón de Ilocos, y
cera de Filipinas, entre otras muchas mercaderías.
De vuelta traía el “situado” o
subsidio real: una especie de sistema de
cooperación entre las colonias de ultramar
y la España peninsular, con el fin de hacer
frente a las necesidades financieras que se
presentasen. El “situado” procedía de la plata
obtenida con la venta de las mercancías en la
feria de Acapulco, por ello era la carga más valiosa.
Barras de plata y pesos acuñados en México,
que se entregaban al maestre de plata, y que
una vez en Manila servía para pagar las mercancías procedentes
de la China, destino final de la plata mexicana.
En las bodegas del Galeón
¿Cómo sería la bodega de un galeón? Probablemente,
una especie de cueva de Alí Babá,
cargada de tesoros y de objetos exóticos. En
cada una de estas naves viajaban desde
Oriente a España, vía México, objetos valiosísimos.
El galeón estaba siempre cargado de
mercancías de la India, Japón, y las Molucas:
clavo, canela, jengibre, pimienta, nuez moscada,
cúrcuma, seda, marfil, porcelanas, algodón,
canela de Mindanao y cera, alfombras
y tapices, vestidos de algodón, lacas
chinas y japonesas, abanicos, té, cigarrillos,
objetos de oro y orfebrería. Muchos de estos
productos se quedaban en Acapulpo para el
mercado de Nueva España, otros iban a Perú,
pero una gran parte llegaban a los mercados
españoles.
Entre los productos del Galeón, las sedas
chinas y los llamados mantones de Manila
(en realidad mantones de China) figuraban
entre las mercancías más valiosas. El mantón
se producía sobre todo en Cantón, siguiendo
una antiquísima tradición del bordado en
seda. Poco a poco, los mercaderes chinos
aprendieron también los gustos de los españoles
y comenzaron a copiar diseños andaluces.
Las sedas chinas se fueron convirtiendo
con el tiempo en una dura competencia para
las sedas que se fabricaban en Andalucía,
por tradición árabe, y los gobernantes impusieron
medidas muy duras para restringir el
comercio de la seda. Pese a todo, triunfó la
calidad y el exotismo de los mantones importados
de Oriente.
En realidad los mantones de Manila no se
encuentran en la tradición china del vestido.
Eran una imposición de la moda europea,
donde servían tanto como prenda de vestir,
como pieza de decoración puesto que se convirtió
en costumbre extenderlos sobre mesas y pianos y colgarlos en las paredes. Los mantones
arraigaron como prenda de vestir sobre
todo en Andalucía, debido a que el comercio con las colonias llegaba a los puertos de Sevilla y Cádiz. Pero en general, en toda España, los mantones se convirtieron en un preciado regalo, tanto en su versión negra como en la de color. En la “Belle Epoque” se pusieron de nuevo de moda, tanto para el teatro como en las verbenas y los toros. Las tarjetas postales de la época muestran siempre a las cantantes y artistas más famosas con un mantón, contribuyendo al estereotipo de la mujer española, asociada siempre al mantón de Manila
.Aunque los mantones se hacían en China,
lo que sí se hacía en Manila, y era todo un
arte, era su embalaje para que llegaran en
buenas condiciones. Los empaquetadores
de Manila se hicieron famosos por su habilidad.
La seda se enviaba envuelta en un papel
encerado impermeable y embalada en
cajas de madera. Muchos mantones del siglo
pasado se enviaban en preciosas cajas
de madera lacada algunas de las cuales
consistían incluso en pequeños mueblecitos
en negro o rojo, con dibujos en oro y a veces
con incrustaciones en madreperla. En
su interior se introducían los mantones
dentro de una caja de cartón, decorada
muchas veces de forma sencilla con los motivos
del mantón. A veces el dibujo se complicaba
con escenas de “chinoiseire” y son
estos dibujos los que se venden hoy enmarcados,
realmente valiosos objetos de coleccionista.
Además de los mantones, las bodegas del galeón
trajeron miles de artículos de lujo que
adornaron los palacios y mansiones europeas.
No hay palacio barroco que no
incorporara un saloncito chino
o un reservado japonés cubierto
de porcelanas orientales.
Durante dos siglos y
medio, el lujo más exquisito
viajó por todo el
planeta en las bodegas
del galeón de Manila.
Lola Escudero |
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PERLAS DEL PACÍFICO. LEGAZPI Y LA CONQUISTA DE LAS FILIPINAS. |
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Conmotivo del V Centenario del nacimiento de Miguel López de
Legazpi, colonizador de Filipinas, se han celebrado diversos
actos conmemorativos tanto en España como en Filipinas. Desde unas mesas
redondas en la Biblioteca Nacional de Madrid, hasta un Congreso internacional
en San Sebastián dirigido y coordinado por el profesor Leoncio Cabrero sobre la
figura y época del marino vasco con una presencia de cincuenta especialistas en
temas filipinos, o una exposición inaugurada por el Príncipe Felipe en el Museo
de San Telmo de la capital donostiarra y que después viajó a Manila, donde también
se celebraron unas jornadas históricas sobre dicho acontecimiento histórico.
Todos estos actos han servido para que la figura de Miguel López de Legazpi se
conozca un poco más tanto en España como en el extranjero.
Miguel López de Legazpi nació
en Zumárraga (Guipúzcoa). Se
desconoce con exactitud el año
de su nacimiento, pero según
las últimas investigaciones de
Antonio Prada, Director del
Archivo Municipal de Zumárraga
tuvo que ser antes de 1502,
posiblemente hacia 1500. Era
el segundo hijo varón de Elvira
Gurruchategui y de Juan Martínez
de Legazpi, quien participó
como oficial en los ejércitos de
Gonzalo Fernández de Córdoba
en Italia y como capitán a su
regreso a España en la lucha
contra los franceses en Pamplona.
Debió estudiar leyes y ocupó
diversos cargos públicos, era
escribano de la Alcaldía Mayor
de Arería en 1526, y concejal
junto a su hermano Pero López
de Legazpi de dicha corporación.
En 1528 pasó a Nueva España,
instalándose en la capital azteca
recién conquistada. En México
logró tener una elevada posición social, ocupando el puesto de escribano mayor del Cabildo y Alcalde ordinario
de la ciudad en 1559. Allí se había casado con Isabel Garcés con la que tuvo nueve
hijos. Su primogénita Teresa, se casó con Pedro de Salcedo y dos de sus hijos, Felipe
y Juan Salcedo acompañaron a su abuelo en el viaje a Filipinas.
El virrey Luis de Velasco propuso al guipuzcoano Legazpi como la persona indicada
para mandar la expedición a la conquista y colonización de las islas Filipinas. Contaba
Legazpi más de sesenta años cuando aceptó la proposición del virrey de Nueva
España. Entre los objetivos que tenía dicha expedición figuraba la exploración de
las islas del Poniente, conseguir especias y garantizar el regreso a Nueva España.
El rey Felipe II aprobó la expedición, pero indicando que no se llegara al Maluco
por no estar en la demarcación de su territorio, y a su vez propuso al fraile
agustino Andrés de Urdaneta como cosmógrafo de la citada expedición. Entre las
instrucciones dadas a Legazpi se solicitaba que hubiera un buen trato con los isleños
y que se anotara todo lo relacionado con su modo de vida, comercio, religión,
armas, puertos, navegación, etc., y rescatara a algunos españoles que quedaron en
aquellas islas de otras anteriores expediciones.
En el puerto novohispano de la Navidad se construyeron las cinco naves que
componían la flota de Legazpi. Estaba formada por la nao capitana de 500 toneladas, nombrada San Pedro, donde iba a bordo Legazpi; la nao almiranta San
Pablo, de 400 toneladas, cuyo capitán era el maese de campo Mateo de Saz; el
patache mayor San Juan, de 80 toneladas, al mando de Juan de la Isla; el patache
menor San Lucas, de 40 toneladas, capitaneado por Alonso de Arellano y el
bergantín Espíritu Santo que acompañaba a la nao capitana.
Como señalábamos anteriormente, Miguel López de Legazpi fue nombrado
"Gobernador y General de la armada que ha de ir al dicho descubrimiento".
Estos títulos aparecen en un documento fechado en México el 9 de julio de 1563
y confirmados el día 15 del mismo mes, como merced y concesión oficial. Legazpi
supo acompañarse de un grupo de personas vinculadas a él por familia o amistad
que componían una especie de escolta, entre los que se encontraba su nieto
Felipe de Salcedo.
LA HUESTE DE LEGAZPI
La tripulación de la flota de Legazpi estaba compuesta de 380 hombres, de los cuales
200 eran de armas y 150 de mar, más cinco frailes agustinos y el resto, gente de
servicio. El reclutamiento de la gente de mar fue bastante complicado y por los
documentos de la época se sabe que el número de marineros enrolados de origen
español no fue numeroso. El mismo Urdaneta indicaba la escasez de personas adecuadas
para estos menesteres, llegándose al extremo de tener que obligarlos y buscarlos
entre aquellas tripulaciones de otras flotas que arribaban en los puertos de
Nueva España y admitir a extranjeros que estaban viviendo en dicho virreinato. En
diferentes documentos conservados en el Archivo General de la Nación de México,
se hallan los manuscritos referentes a la contratación de estos marineros y las
comisiones y poderes dados a los capitanes para recoger esta gente de marinería
que se necesitaba para trabajar en las naves de la citada expedición.
Luis Muro da una relación nominativa de marineros, su origen y el sueldo de
cada individuo, que sirve a los estudiosos del tema para conocer la procedencia
de la marinería que sirvió en la flota de Legazpi. También, uno de los aspectos
que el virrey Luis de Velasco solicitó a Felipe II, fue que enviara dos pilotos
expertos en la navegación de altura para acompañar a los que estaban ya contratados.
En la nao capitana San Pedro iba como piloto mayor Esteban Rodríguez,
natural de Huelva, y el más experimentado de todos los que fueron. Escribió un
interesante diario del viaje a Filipinas y acompañó a Urdaneta en el tornaviaje de
Cebú a Nueva España, que no pudo alcanzar, pues falleció unos días antes de la
arribada en Acapulco. Como segundo piloto del San Pedro iba el francés Pierre
Plin, que escribió dos diarios y fue más tarde ahorcado en Cebú, el 28 de noviembre
de 1565, por ser uno de los amotinados que querían apoderarse del patache.
San Juan, para regresar a Europa por el estrecho de Magallanes. En la nao almiranta
el primer piloto fue Jaime Martínez Fortún y el segundo Diego Martín. El
patache mayor lo pilotaba Rodrigo de Espinosa, quien también escribió un interesante
diario de navegación a Nueva España, y en el patache menor el piloto fue
Lope Martín.
Otros cargos importantes fueron concedidos a Juan de Carrión como Alférez
General, a Hernando Riquel “escribano de la gobernación de las islas del Poniente”,
al sevillano Guido de Lavezares, tesorero; Andrés Cauchela, contador;
Andrés de Mirandaola, sobrino de Urdaneta, como factor y veedor. Iba también
como intérprete un tal Gerónimo Pacheco, natural de Mengala, una de las islas
del Poniente, que durante el viaje debía enseñar su idioma a los frailes agustinos.
Entre las instrucciones dadas a Legazpi hay una referida a la presencia de indios,
mujeres y negros que dice así: “Otrosí, no consintireis que por vía ni manera
alguna se embarquen ni bayan en los dichos navíos yndios ni yndias, negros ni
mugeres algunas casadas ni solteras, de cualquier qualidad y condiçión que sean,
salba asta una docena de negros y negras de serviçio, los quales repartiréis en
todos los navios, como os pareciere”. Esto hace pensar que posiblemente mujeres negras navegaron en la flota de
Legazpi a Filipinas en el siglo XVI, dato curioso y que la mayoría de investigadores
no cita en sus trabajos.
ARMAS DE LA ESCUADRA
Respecto al armamento de la flota, algunas piezas de artillería fueron enviadas
desde España, y otras recogidas de alguna fortaleza novohispana o de desguace
de otras naves que arribaban a Veracruz o a otros puertos de Nueva España, y
también las que se compraron a particulares de sus propias naos. En México se
fundieron “19 versos de bronce”, pero al hacerlos mal reventaron al probarlos y
tuvieron que fundirlos para que fueran utilizados en la expedición. La munición
fue recibida de España así como de una parte que había en el virreinato.
El ejército de la expedición de Legazpi estaba compuesto por dos compañías
reclutadas en la capital mexicana, la primera de cien hombres la mandaba Mateo
de Saz y la segunda de noventa hombres la capitaneaba Martín de Goiti. La hueste
de Legazpi ha sido estudiada desde diferentes campos históricos, siendo uno
de sus principales autores Leoncio Cabrero. Las armas de fuego utilizadas por los
soldados fueron el arcabuz y el mosquete y como armas blancas la espada, puñales,
dagas, lanzas, alabardas y picas.
Si en México las tropas de Hernán Cortes utilizaron regularmente las picas,
sobre todo en la conquista de los templos mesoamericanos, no se puede decir
lo mismo del ejército de Legazpi, pues aunque portaban alabardas, lanzas y
picas, generalmente combatieron con la espada.
En el cuadro de Telesforo Sucgang pintado
en 1893, que se conserva en el Museo
Oriental del Real Colegio de los Padres
Agustinos de Valladolid, refleja con detalle
la vestimenta y armas utilizadas por
parte de las huestes de Legazpi, así como
la de los filipinos. En dicho cuadro se
aprecian varias prendas defensivas de su
uniforme. El casco de acero, que podía
ser del tipo, celada, morrión, capacete o
borgoñota, cubría la cabeza. Para la protección
de la boca y cuello utilizaban el
barbote o babera de acero. El pecho y
espalda estaba resguardado por la coraza
de acero compuesta de peto y espaldar. A
veces utilizaban los brazales de acero
para cubrir sus brazos, lo mismo que las
musleras o quijotes, para los muslos.
También en vez de la coraza utilizaron la
cota de mallas, pero por el clima tropical
las prendas que más usaron fueron la brigantina,
pieza de cuero doble con pequeñas
láminas de hierro, y los escaupiles,
copiados de los guerreros mexicas y aztecas,
que eran unas camisas de varias
capas de algodón o de fibra de maguey,
reforzadas con tiras de cuero. Esta prenda,
por lo poco pesada y por calidad
defensiva fue utilizada por los soldados
españoles de esa época desde Nueva
España hasta Chile.
Otra pieza clásica defensiva fue el escudo.
La infantería usó el escudo metálico
redondo conocido por rodela, pero también debió emplear la clásica adarga de
cuero reforzado, y el broquel, de madera dura reforzada con hierro.
RUMBO A FILIPINAS
Después de siete años de múltiples problemas, la flota de Miguel López de
Legazpi partía del puerto de la Navidad el 21 de noviembre de 1564. A los cuatro
días de viaje y "cien leguas la mar adentro", Legazpi abrió el pliego de las Instrucciones
de la Audiencia, donde se decía navegar directamente a Filipinas,
siguiendo el mismo rumbo que Ruy López de Villalobos. Iban por tanto a un
meridiano de las Molucas, próximo con la zona portuguesa y muy lejos del de
Nueva Guinea, la gran obsesión del cosmógrafo Urdaneta. En ese momento
sucedió el conocido incidente de la desilusión de Andrés de Urdaneta y sus compañeros
agustinos, quienes al sentirse engañados manifestaron que de "haber
sabido o entendido en tierra que había de seguirse esa derrota, no vinieran la jornada",
pero como religiosos obedecían el cambio de rumbo. De todas formas,
antes de partir, Urdaneta encomendó al padre prior del convento de Chilapa, que
en la costa de Acapulco hubiera siempre un farol encendido desde principio del
año 1565 en adelante, para que sirviera de faro a las naves que retornaran de las
islas de Poniente.
Dirigieron las naves hasta ponerse a una altura de los nueve grados y siguieron
viaje rumbo recto a las islas de los Reyes y de los Corales, para desde allí seguir
navegando hacia las islas de Arrecifes y Matalotes que en las cartas estaban situadas
a un grado más y después continuar hacia las Filipinas. Legazpi, dio antes instrucciones
por si alguna nave se perdía para que esperase en las islas citadas o
dejara una señal indicando su nuevo destino, cuyo final debía ser en las Filipinas
donde se juntaría toda la flota.
El día primero de diciembre se perdió el patache San Lucas, al mando de
Alonso de Arellano, que ya no volvió a aparecer en toda la travesía y que hizo
el viaje sólo a Filipinas y regresó a México.
Después de cincuenta días de navegación, el 9 de enero de 1565, llegaron a la isla
Mejit del archipiélago de las Marshall, que bautizaron como la de los Barbudos,
por el aspecto de sus habitantes. Durante los días siguientes descubrieron varias
islas y arrecifes que nombraron como Placeres, San Pedro y San Pablo (Ailuk), los
Pájaros (Jemo), etc., hasta que el día 22 del citado mes divisaron una isla alta del
grupo de los Ladrones o Marianas, que correspondía a la actual Guam. Al acercarse
a la costa numerosas canoas recibieron a las naves españolas. Los isleños llamaban
a los españoles chamorros (amigos) y repetían el nombre hispano de Gonzalo,
recordando al gallego Gonzalo de Vigo, marinero que desertó en 1522 de la
nao Trinidad de la expedición de Magallanes, y que vivió cuatro años en ese archipiélago
hasta que fue rescatado por una de las naves de la expedición de Loaísa.
En Guam o Guaham se abastecieron de alimentos y Urdaneta intentó convencer
a Legazpi para que dejara una pequeña colonia, pues la isla era el lugar ideal para
abastecer a los barcos que podían volver a Nueva España. A pesar de la razonada
propuesta, y debido a los continuos robos, "engaños y maldades" de los isleños,
Legazpi se negó a ello. En Guam se dijo la primera misa, tomando posesión
de la isla y el 3 de febrero de 1565 partían las naves rumbo a las Filipinas, cuyas
costas vieron a los diez días de navegación, el día 13 del citado mes.
En la bahía de Cibao o Cibabao fondearon las naves de Legazpi, no lejos de la
isla Hilabán. Allí permanecieron siete días, hicieron algunas navegaciones por
la costa de Samar (Tandaya), para seguir rumbo a la isla de Manicani, visitando
seguidamente la isla de Leyte, donde en Cabalian los expedicionarios españoles
hicieron amistad con el jefe Malític y su hijo Camutuham les acompañó
a la isla de Limasawa. Después continuaron viaje a las islas de Camiguín y Mindanao.
Cada vez que se acercaban a la costa donde había población, ésta huía
al verles llegar. Una de las naves de Legazpi se encontró con un junco moro
armado que venía de Borneo y su piloto les informó que los isleños los confundían
por portugueses que hacía dos años les habían quemado las aldeas y
matado a muchos de sus habitantes, por lo cual no querían tener relación alguna
con los extranjeros.
Gracias a las informaciones del piloto moro, Legazpi puso rumbo a la isla de
Bohol para intercambiar mercaderías. Allí hizo amistad con el régulo Sicatuna,
realizando el pacto de sangre y tomando posesión de la isla el 15 de abril de 1565.
Visitaron también las islas de Pamalicán, Siquijor, Negros y Cebú, a donde llegaron
el 27 de abril. En esta última isla, Legazpi envió a un intérprete para que su jefe Tupas, hijo de Humabón quien había tratado con Magallanes, fuera a presentarse
a las naves. Después de varios altercados Legazpi utilizó la fuerza apoderándose
del poblado y huyendo el régulo Tupas al interior de la isla. Entre las
ruinas de una casa el marinero bermeano Juan de Camuz halló una talla en madera
negra del Niño Jesús, que era la misma que Pigafetta había regalado a la mujer
de Humabón, y que actualmente se venera en una capilla de la iglesia cebuana
de San Agustín.
En Cebú, Legazpi ordenó
levantar los cimientos del
primer establecimiento español
en Filipinas, llamado
villa de San Miguel de
Cebú, que fue capital del
archipiélago hasta 1571.
Los cebuanos que se habían
retirado al interior de
la isla regresaron al ser
respetados por los españoles
y días más tarde su jefe
Tupas hizo un pacto de
sangre con Legazpi, pero
las escaramuzas seguían
siendo utilizadas por una
parte de la población hostil
a los castellanos.
EL TORNAVIAJE
La primera fase de las instrucciones
se había cumplido,
y por lo tanto Legazpi
preparó el viaje de
regreso con la nao capitana
San Pedro, al mando de su
nieto Felipe de Salcedo,
los pilotos Esteban Rodríguez
y Rodrigo de Espinosa,
el contramaestre Francisco de Astigarribia, el maestre Martín de Ibarra, el
escribano Asensio de Aguirre y los padres agustinos Andrés de Urdaneta, cosmógrafo,
y Andrés de Aguirre.
Desde Cebú, la San Pedro se hizo a la vela el 1 de junio de 1565, con dos centenares
de personas, alimentos para ocho meses y 200 pipas de agua. Después de
pasar la isla de Mactán navegó hacia el norte y sorteando un cordón de islas
desembocó a través del estrecho de San Bernardino en pleno océano. Seguidamente
tomando altura coge la corriente del Kuro Shivo que le llevaría hacia la
costa californiana, viendo antes una isla que bautizan Deseada. Siguiendo la costa
el día 26 y 27 de septiembre mueren Martín de Ibarra y el piloto Esteban
Rodríguez. El 1 de octubre avistan el puerto de la Navidad y el piloto Rodrigo
de Espinosa, que seguía a bordo, escribía en su diario lo siguiente: "En la nao, al
presente, no había más de diez hasta dieciocho personas que pudiesen trabajar,
porque los demás estaban enfermos, y otros dieciséis se nos murieron". Tuvieron
todavía fuerzas los supervivientes del tornaviaje para continuar viaje y desembarcar
en Acapulco el 8 de octubre. Allí se enteraron que tres meses antes Arellano
había llegado con el patache San Lucas dando cuenta de que habían muerto
todos los expedicionarios de la flota de Legazpi.
La intuición de Urdaneta hizo posible resolver el grave problema del retorno a
Nueva España. Presentó a la Audiencia de México los diarios de navegación de
los pilotos y las cartas de marear realizadas durante el viaje, que más tarde presentaría
en España a Felipe II, con el derrotero finalizado, que serviría después
como ruta para el galeón de Manila.
FUNDACIÓN DE MANILA, A ORILLA DEL RÍO PASSIG
Mientras, en Cebú el cacique Tupas seguía en alianza con los españoles, aunque
Legazpi tuvo que resolver entre su gente diversos intentos de amotinamiento,
que resolvió ahorcando a los culpables.
El 15 de octubre de 1566 llegó a Cebú de Nueva España la nao San Jerónimo
que sirvió de gran ayuda a las ya decaídas fuerzas de Legazpi, y en agosto de 1567
arribaron dos nuevos galeones con 200 hombres de refuerzo, alimentos y pertrechos.
En ellos venían también las órdenes reales para la conquista y evangelización
de las islas Filipinas.
La hueste de Legazpi no sólo combatió contra los isleños sino que hizo frente
también a una flota portuguesa al mando de Gonzalo Pereira que intentaba
expulsarlos. Los españoles resistieron un bloqueo durante tres meses, hasta que
la armada lusitana al no lograr su propósito se marchó a principios de 1569. En
ese mismo año, recibió Legazpi el nombramiento dado por Felipe II de Gobernador
y Capital General de Filipinas y es cuando prácticamente inicia la conquista de
Filipinas, que nunca lograría.
Desde Cebú, Legazpi envió a su
nieto Juan de Salcedo contra los
piratas moros de Mindoro, a los que
derrotó. Más tarde ocupó Panay
donde hizo un fuerte, y después atacó
Luzón con una escuadra de unas
trescientas embarcaciones, la mayoría
paraos filipinos, al mando de
Juan de Salcedo y Martín Goiti.
Tuvieron que luchar contra la artillería
mora y algunos arcabuces de origen portugués que defendían la muralla del
de Solimán, un moro de Borneo, régulo que dominaba gran parte de la isla. Allí
conquistaron "trece cañones de diversos tamaños" y hallaron una fundición de
cañones con moldes para fabricar culebrinas de "diecisiete pies de largo". Curiosamente
uno de los fundidores moros, después de la toma de la ciudadela, trabajó
para el ejército castellano. La artillería utilizada en las islas dominadas por los
musulmanes estaba generalmente compuesta de unos cañones de bronce, de
diversos tamaños, conocidos por lantacas. También los usaron en las embarcaciones,
así como otros más pequeños llamados lacate.
Una vez conquistada gran parte de la isla, Legazpi fundó la ciudad de Manila el
24 de junio de 1571. Se realizó un trazado al estilo de las ciudades castellanas y
del nuevo mundo, construyendo casas de adobe, caña y nipa, para asentar la
población novohispana y filipina. El 20 de agosto de 1572 moría Legazpi y todavía
se luchaba en zonas del norte de Luzón y de otras islas. Si Magallanes abrió
camino a la presencia española en las Filipinas, Legazpi fue el precursor del asentamiento
de la cultura española y europea en el sudeste asiático. Por su prudencia
y firmeza de decisiones se ganó la confianza de los filipinos, ayudado también
por los religiosos con su labor evangelizadora. Actualmente, recordando su meritoria
obra, los alcaldes de las ciudades filipinas de Legazpi y Tagbilaran firmaron
lazos de hermanamiento con el alcalde de Zumárraga, cuna del insigne fundador
de Manila.
Francisco Méllén
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LA "PASYON ESPAÑOLA" |
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Enuna cueva del monte de Makiling, a unos 60 kilómetros al sur de
Manila, a la busca del alma filipina, he visto los frescos de la Pasión
de Cristo, un poco en la línea abrasadora de la película de Mel Gibson. El Cristo
luce un recortado bigote y viste como los hombres del siglo XIX en Madrid.
Filipinas, llamada así en homenaje a Felipe II, la de las siete mil y pico islas, la
única nación de mayoría católica en Asia, la única, dicen, con sentido del humor,
con el sentido del melodrama y la mística de la muerte.
En lugar de morir en la cruz, este Cristo "pinoy" (filipino), aparece como en los
fusilamientos de Goya, ante el pelotón de fusilamiento. Atención: es el mismísimo
José Rizal, el médico y patriota filipino en el papel del Redentor. Sus doce
apóstoles, en esta Capilla Sixtina de la revolución, son los héroes de la revuelta,
incluidos los protomártires, los padres Burgos, Gómez
y Zamora. Esta secta rizalista sostiene que el médico y
nacionalista moderado ha bajado a la tierra "en la forma
de un avatar malayo al que el poder de Dios ha
encargado que redima a su pueblo e la esclavitud".
Como los chiíes esperan al mahdi, el Mesías, o los portugueses
a Dom Sebastiao, desaparecido en la batalla
de Alcazarquivir, los filipinos aguardan el regreso a la
tierra del héroe Rizal, cruce étnico de español, chino,
malayo, indio y hasta japonés.
He hablado con filipinos que me hablaron de su "descubridor"
Fernando de Magallanes, muerto a manos
del guerrero Lapu Lapu, que es hoy el nombre de un
pescado. Se me definieron como herederos de las tres
M: Malaya, Madrid, Madison Avenue (en Nueva
York). Benigno Aquino, el joven político en el exilio, casado con la futura presidenta
Cory Aquino, volvió en 1983 a Manila para redimir a su patria de la dictadura
conyugal y los sicarios lo recibieron en el aeropuerto con una ráfaga de
metralleta. Es el mas rizaliano de los modernos héroes. "Si Rizal volviera hoy
-escribía Aquino desde la cárcel en la que recitaba versos de Antonio Machado -
también sería detenido y martirizado."
En todos los pueblos hay un monumento a Rizal, que estudió en Madrid, en las
universidades de Medicina en San Carlos, de Filosofía en San Bernardo y de Pintura
y Escultura en Bellas Artes, y escribió dos novelas contra la línea de flotación
de la colonia: "El Filibustero" (llamaban así a los partidarios de la independencia)
y el "Noli me tangere". "Estos dos libros -me decía mi amigo el escritor José Sionil en su librería La Solidaridad de la calle Padre Faura de Manila- me hicieron
novelista. Recuerdo el día de Rizal de cuando era niño. Los veteranos de la revolución
se unían al desfile que terminaba en el centro de la plaza en torno al
monumento el mártir. Recuerdo a aquellos ancianos descalzos que combatieron
primero a los españoles y luego a los norteamericanos. Allí estaba mi abuelo con
los ojos llenos de furia contra los frailes y los terratenientes que se lo arrebataron
todo. Leí los libros de Rizal a la luz de las farolas de la calle".
Los estadounidenses tuvieron todo el empeño en hacer de José Rizal, cuando se
disponía a viajar a Cuba para trabajar como médico al lado de los españoles y fue
pasado por las armas, un mártir y un mito. Ya
lo era los ojos de los filipinos. Todo fuera por
borrar las huellas de la colonia, de los trescientos
años de convento. La pólvora y las
balas del general Polavieja "!Patria y Religión!",
lo transforman en héroe nacional.
Cuando en Luneta sonaron los tambores y el
médico militar Felipe Ruiz Castillo le tomó
el pulso al mestizo de Calamba condenado al
paredón, éste era normal. La cultura filipina
está permeada del sacrificio rizaliano. "Unos
dicen que besó el crucifijo que le tendió un
jesuita, había sido aventajado alumno del
Ateneo de los jesuitas, y otros no", me decía
mi guía de Intramuros, Alfredo Lozano. Según su amigo y biógrafo Rafael Palma
hizo un expresivo gesto de rechazo del crucifijo. Y sonó La marcha de Cádiz.
Una estatua y una iglesia barroca resquebrajada. Y un palenque para las peleas de
gallos. Después elegirán una Miss y sus damas de honor, al estilo norteamericano.
Es la fascinación por el martirio, el sufrimiento, la pasión, el ataúd, pero también
por las costumbres yanquis. Como se ve, cada país debe aceptar su cuota de
lugares comunes.
Una chica de alterne de uno de los bares de Ermita,
antes de que el alcalde Lim limpiara el barrio, le mostró
a un amigo su tesoro más preciado. Lo sacó del
bolso: era la fotografía de un ataúd abierto con un
cadáver cubierto de flores. "Es mamá", dijo al borde
de la lágrima. Doña Josefa Edrelin, la madre del
dictador Marcos, al que bautizó con el nombre de
Fernando en homenaje a su admirado Fernando el Católico, tardó más de un año en ser enterrada porque los réquiem, las oraciones
y el depósito de coronas de flores, se sucedieron durante meses.
La alegoría de esa fe, de esa necrofilia, es la Semana Santa: sangre, pasión corona
de espinas, muerte, teatralización del dolor, resurrección. Son procesiones de
cofradías y flagelantes que se azotan el cuerpo con vergajos, escenas que hemos visto
en San Vicente de la Sonsierra en La Rioja, en la ashua chií en Líbano o en los
cementerios de Teherán. Se da un compromiso teológico de rito y expiación, de
fiesta y resistencia. La cuestión es, como señaló el rumano Mircea Eliade, "sentir,
vivir" la religión. La mitología se mezcla con el animismo, con la primitiva práctica
de la fe. Redención es la palabra
clave. El rosario es un amuleto.
Aquino murió sobre el asfalto del
aeropuerto que hoy lleva su nombre
con un rosario en las manos.
He comprobado que venden
rosarios, amuletos y talismanes
junto a la iglesia de Quiapo o en
a catedral de Cebú donde hallaron
la imagen del Santo Niño
venerada en el archipiélago. Es el
bazar de lo sobrenatural. Los filipinos
viven, como se decía antes,
"bajo las campanas" y a la sombra
protectora de los fetiches. El
dolor, la humillación del hombre
que bebe el cáliz hasta las heces,
son columnas vertebrales, leit
motivs del cine filipino. Estando
en Mindanao, al sur, geografía
del Frente Moro de Liberación
que combate a Manila desde
tiempo de los españoles, leí en un
diario que un espectador abrió
fuego con sus revólveres sobre la
pantalla para matar al chico malo
de la película. Lo viven, es que lo
viven. Es la metáfora del pueblo:
rostro chino malayo, nombres y
apellidos españoles, impuestos casi al final por los funcionarios, y diminutivos norteamericanos. Una periodista que
luchó contra Marcos desde su periódico me dijo que los filipinos creen que Dios es
norteamericano.
Trescientos años de convento, la frailocracia la llamó Rizal, y cincuenta de Hollywood,
es el tópico con el que se describe la historia de la Islas Filipinas. Para descubrir que
los cincuenta años de dominio de Estados Unidos no fueron del todo Hollywood,
basta con leer las páginas que el escritor
del Mississipi, Mark Twain dedica
a los excesos norteamericanos en las
islas durante su dominio.
En la revolución del poder popular
que echó a Marcos del poder en 1986,
jornadas llenas de exaltación, vimos
cómo los taxis de Manila y los conductores
de los jeepneys colocaron entre
sus relicarios la estampa virginal de
Coro Aquino, junto a la Virgen de
Fátima o de Antipolo. Los pinoys son
muy marianos: "Dios es mi copiloto",
aseguraba una frase grabada entre
gigantescas antenas de radio, guirnaldas eléctricas, caballos de hierro, escultura de
plásticos, amuletos, estampas de santos y otros elementos de la estética kitsch.
Los jeepneys, esos frankensteins nacidos del jeep norteamericano de la Segunda
Guerra Mundial, se llaman "Virgen de Lourdes, sálvame", "Dios te bendiga", "Dios
proteja este viaje" o "Sin Dios no somos nada". El Cristo de Quiapo, en los arrabales
de Manila, es la representación del culto a la muerte, que los millones de emigrantes
que se han ido al extranjero para ganarse la vida llevan en su maleta. Es vivir
eternamente. Con sus toallas y pañuelos, perlado el rostro de sudor pugnan los fieles
por acercarse a la carroza del Nazareno. Si logran tocarlo habrán recibido efluvios
milagrosos, emanaciones sobrenaturales. El "Hala Hia, Puera Pasma" suena
entre el fragor de los tambores. Se bebe la tuba, el licor de coco para estimular el
fervor. Los derviches filipinos, los giróvagos de la fe, entran en trance.
En la Semana Santa la "pasyon" estalla en todo el país y se manifiesta en procesiones,
pasos, disciplinas de sangre, cilicios, lágrimas de dolor y de placer religioso.
Se abre con el Domingo de Ramos, ramos y palmas que se secan y queman en
sahumerio. A todo le sacan partido: con las cenizas se fabrica una pócima contra
los dolores de estómago, la menstruación o para protegerse de rayos y truenos.
En algunas zonas se cantan las saetas
traídas por los frailes sevillanos o
granadinos, como el bisabuelo de
Imelda Marcos. Son días de luto
televisados, de procesiones y columnas
de disciplinantes en las calles de
Cavite, donde el sol se puso tras la
derrota de la armada española ante
los norteamericanos, o en Nueva
Écija, al norte. Los filipinos se visten
de romanos con lanzas de bambú o
se ponen las "kapirosas" o se crucifican
por la "panasa", la promesa. La
resurrección de Cristo es la vida, la explosión de alegría. No existe en el archipiélago
una fiesta más gozosa y estereofónica que la Resurrección. Algo tan sentido,
tan vívido y tan excitante que produce, como el Carnaval de Río, violencias
y horribles crímenes. "El estudiante de diecisiete años Antonio Lucero, borracho,
se pegó un tiro en la sien cuando el Cristo pasaba ante él y lo miró", relataba
un periódico en la sección de sucesos. Otro titular: "Un sargento sufrió el
"amo" (acceso de locura) en plena procesión y liquidó a tiros a seis personas". A
este caótico universo algunos sociólogos lo llaman "holyweekmania", la manía de
la Semana Santa.
En medio del calor sofocante, el Cristo vivo filipino desfila con su corona de espinas
clavado al leño de la cruz. Se llama Antonio Capuz, es carpintero. Se le ha
olvidado a Antonio quitarse el reloj de pulsera. Irá con él hasta el Gólgota. Morirá
en la cruz ante el dolor del público y resucitará con su reloj japonés en la
muñeca. Este es un siglo sediento de milagros, los mismos que hacen los curanderos
filipinos que a mano desnuda arrancan vísceras enfermas y tumores. Es un
amplio mercado para clientelas ingenuas. Los chamanes y telepredicadores de
sectas californianas, videntes, santones, brujos,
cruzados de la iglesia Divina de Cristo, que tiene
en el pescador Rufino Magliba su Pontífice, vestido
de pontifical bajo dos gigantescos murales
de San Pedro y San Pablo, todos pugnan por salvarnos
del infierno y de las miserias del cuerpo.
Los "jeepneys", a los que hay que subir alguna
vez para comprender al país y sus gentes, con
olor a sampaguita, la flor filipina del Mabuhay,
resisten terremotos y tifones, el enloquecido tráfico
de Manila y las grandes, atestadas ciudades.
Decían los españoles que el clima de Filipinas
-monzón y estación seca- se divide en "cuatro
meses de polvo, cuatro de loco y cuatro de todo".
El campesino prefiere vivir en los cinturones de
miseria. Es más divertido, con los enormes y
coloristas anuncios de películas de Joseph Estrada, al que eligieron presidente
porque creyeron que traduciría a la realidad la lucha contra el demonio y el mal,
y terminó en la cárcel por ladrón. Filipinas ha tenido muy mala suerte con sus
gobernantes. Una tarde ante el palacio de Malacañang, sede de los virreyes y
gobernadores españoles, y más tarde de los gobiernos republicanos, haciendo
cola para ver los mil pares de zapatos e Imelda, un pampamgueño me dijo: "Mire
si será rico este país que ni Ferdinand Marcos, que viene en el libro Guinness de
los Records como el primer ladrón, el cleptócrata internacional de estos años, ha
podido arruinarlo".
El conductor del "jeepney" es un artista. Con una mano hace las señales cabalísticas
de la circulación y con la otra cobra, en español -los números son los mismos
más o menos en tagalo- a los viajeros. El general Álava afirmó que los filipinos
tenían el talento (o el cerebro) en las manos, una frase de gusto comparable a
la que pronunció el cronista parlamentario Francisco de Cañamaque: "Lo único
serio que hay allí son los terremotos y las diarreas". Hay que ver la gente que enviamos allí, entre frailes, militares
y funcionarios, puntos filipinos.
Los hubo heroicos y compasivos,
como Legazpi, el fundador de
Manila, cuya estatua en el centro de
la capital sobrevive a duras penas al
altísimo índice de contaminación.
Legazpi, vasco natural de Zumárraga,
otorgó a la ciudad un escudo de
armas con un castillo de plata en
campo rojo en la mitad de arriba, y
en la mitad de abajo un delfín y un
león que tiene una espada en la
mano y bate la mar con la cola.
Siempre que puedo, para escapar
de las altas dosis de anhídrido carbónico,
busco refugio en Intramuros,
una zona barrida en la segunda
guerra mundial por la artillería japonesa
y luego por la estadounidense
puesta a cero sobre sus muros. Junto
con Varsovia, fue la ciudad más
castigada de la guerra. Desde estos
muros, desde el palacio y el Gobierno, se gobernaba la inmensa Filipinas, con
muy pocos administradores, en el estuario del río Pasig, que es el Sena de Manila.
Parte en dos la muy insigne y leal ciudad. Legazpi es un conquistador más bien
querido porque supo tener en cuenta "el amparo y defendimiento de los naturales".
Y eso que el adelantado y sus hombres fueron recibidos con esta frase del
Rajá Soliman: "El sol me parta por medio del cuerpo, y caiga yo en desgracia de
mis mujeres para que me aborrezcan, si fuera en algún tiempo de los castillas".
"Castillas" o "castilas" se ha llamado durante muchos siglos a los españoles.
Filipinas reunía, a comienzos del último cuarto del siglo XIX, escribe el profesor
Delgado Ribas, todos los atributos para convertirse en un nuevo El Dorado del
capitalismo privilegiado español. La apertura en 1869 del canal de Suez acercó las
más remotas regiones del Indico y el Pacífico a los mercados de la vieja Europa, a
la vez que rejuvenecía las aspiraciones ultramarinas de ciudades como Barcelona o
Marsella, mal situadas para acceder a las grandes rutas del Atlántico. La hora del
Pacífico español parecía haber llegado". Lo malo es que la España del ochocientos
era una potencia de tercera. Descubrió tardíamente el valor real de las posesiones asiáticas. Dejó, por incapacidad o por desinterés, en manos de otros las principales
fuentes de riqueza y beneficio de su colonia. Así llegó el grito de independencia de
Balintawak. Los políticos de la Restauración no quisieron atender a la reclamación
de reformas. Todo lo que pedían los intelectuales filipinos era que los consideraran
provincia española. Las protestas se disolvieron en sangre, primero en Cavite en
1872 y más tarde en el fusilamiento de Rizal en 1897. Todo terminó en los penosos
acuerdos de Paris en la mañana del 10 de diciembre de 1898, con la cesión de Filipinas
a los Estados Unidos a cambio de 20 millones de dólares.
La celda, sin ventanas, en la que Rizal esperó la muerte, era el cuarto de respeto de
la guardia, cuatro por siete. Allí están el camastro, la lamparilla, la silla conventual.
Fue una pena que la Guardia Civil fusilara a un
hombre tan bueno. Su "Ultimo adiós", el 29 de
diciembre de 1896 ("!Adiós,Patria adorada, región
del sol querida, Perla del mar de Oriente, nuestro
perdido Edén.") figura esculpido en el monumento
de mármol del parque de Luneta. España
perdió Filipinas en dos horas de combate, aunque
los últimos de Baler, un destacamento de Cazadores
al mando de Martín Cerezo, sobre los que
Antonio Román rodó una película, se empecinaron
en resistir durante 337 días de asedio, cuando la
guerra con España había concluido.
Sentado en un banco de piedra de Intramuros
dejo volar la imaginación después de leer a Nick
Joaquin Quijano de Manila, escritor recientemente
fallecido. "Dentro de estos muros se reunía
la riqueza de Oriente -seda de la China, las especias
de Java, el oro, el marfil y las piedras preciosas
de la India-. En estas viejas calles se cruzaba
una multitud maravillosa y heteróclita: gobernadores
y arzobispos, músicos y mercaderes, brujos, paganos y sacerdotes cristianos,
monjas, rameras y elegantes marquesas, piratas ingleses, mandarines chinos,
traidores portugueses, espías holandeses, sultanes moros y capitanes de los "clippers"
yanquis".
La vida de los españoles estaba marcada por las festividades religiosas, sobre
todo por la fiesta de la Inmaculada Concepción, que duraba diecinueve días
con corridas de toros, casi tantas como las de San Isidro en Madrid. Bailes de
máscaras, fuegos artificiales obra de los chinos, procesiones entre el olor a incienso, sesiones de canto y representaciones
teatrales, desfiles de santos adornados
de oro y pedrería, arcabuceros y mosqueteros
que disparaban al aire entre el
humo de las velas, las banderas y las cruces.
Sonaban en Intramuros las guitarras y
bandurrias, las flautas, los tambores, los
toques de campana, los cascos de los caballos
y las salvas de artillería. Ésta era, en
medio del estruendo, la mejor manera e olvidar las privaciones, los terremotos,
las humillaciones de los colonialistas, el asalto de los tifones y los piratas, las
epidemias y los frecuentes incendios. Fiesta es una palabra grabada a fuego en
el espíritu de los filipinos. Marcelino Foronda ha llamado a Manila "la ciudad
de las fiestas sin fin". Reir, cantar y bailar por no llorar.
El número de los peninsulares españoles en el archipiélago nunca fue muy elevado.
La colonización y la conquista de Legazpi y el dominico Urdaneta se iniciaron
con doscientos cincuenta hombres. Recuerda el embajador e historiador
Ortiz Armengol que nunca pasaron de setecientos en el siglo XVIII, contando
niños, mujeres y ancianos. "Debido al crecimiento demográfico casi nulo de los
colonizadores, la presencia española (compuesta en gran parte de gentes nacidas en México) muestra un millar de españoles en Manila y sus alrededores hacia el
año 1800, número que hacia mediados del siglo XIX podía estimarse para todo el
país entre los tres y cuatro mil"
A finales de siglo -y como consecuencia de la modernización de la maquinaria
administrativa y el aumento de servicios, lo que supuso un notable incremento de
funcionarios venidos de España- el número de peninsulares era de unos doce o
catorce mil. Los chinos los describían
como "esos bárbaros altos de
largas narices. Sus ojos brillan
como los de los gatos. Sus ojos brillan
como los de los gatos. Sus
bocas son parecidas a las de los
halcones y llevan pesados adornos
en los vestidos"
Quedan pocos españoles en Filipinas.
En la Avenida de Filipinas
de Madrid, un mediodía desapacible,
al cumplirse cien años del
fusilamiento, el gobierno español
elevó por fin un monumento
a Rizal, réplica del de Luneta, acto al que asistió, estuvo a mi lado, Isabel
Preysler. En el archipiélago quedaban las iglesias barrocas, el recuerdo de la
magnífica Exposición Filipinas de Madrid de 1887 donde triunfaron los pintores
Luna e Hidalgo, la influencia del catolicismo apostólico y romano, la Universidad
de Santo Tomás, la primera de Asia, las palabras castellanas incorporadas
al tagalo y otros idiomas locales, el llamado español de trapo, la influencia
en la música, la pintura y la cocina, los Háyalas y Toveles, Tabacos de Filipinas,
el Galeón de Manila hacia Acapulco, la Trasmediterránea del Marqués
de Comillas, los mestizos de chino y nobles indígenas de las provincias de
Luzón y de Visayas que formaron, como señala el catedrático de la Universidad
Pompeu Fabra Delgado Ribas, la primera burguesía nacional del sudeste
asiático.
Los turistas españoles que viajan a las que se llamaron del Poniente se lamentan
de que el español haya casi desaparecido de la vida filipinas. La verdad es que
nunca se habló mucho. Los frailes prefirieron aprender ellos el tagalo y los dialectos.
Sólo se predicaba en castellano en Manila. "Los curas -según Jabor- no
desean que se propague el español para conservar incólume su influencia. Sólo
ellos podrán hablar la lengua del imperio".
Los jóvenes españoles recién salidos de los seminarios de las órdenes eran en alto
grado tímidos, ignorantes y a veces desprovistos de educación, llenos de tenebrosas
ideas. "Si los frailes españoles, -añade Jabor- tuvieran una educación más
esmerada como la de parte de los misioneros ingleses, su tendencia a mezclarse
con el pueblo sería menor y por tanto no tan considerable su influjo sobre los feligreses.
Las antiguas costumbres de los primeros años les hacen muy a propósito
para vivir con los indios Por eso han fundado su poder sobre bases tan sólidas en
Filipinas". No dudan en acostarse con las indias. Rizal, los Aquinos o Imelda
Marcos tienen antepasados frailes. Un viajero francés contaba que al llegar a una
aldea perdida, preguntó a un rapaz por la iglesia. "Mi padre es el cura", le dijo el
niño. El bisabuelo de Imelda Marcos era un franciscano de Granada que tuvo
siete hijos, para todos los cuales fabricó cucharillas de plata. Un misionero decía
en una película de Rita Hayworth, desde una isla del Pacifico: "El clima tropical
conspira contra la moral y las buenas costumbres". El fraile no es solo el pastor
de almas, sino el representante del Gobierno en los "barangays", las aldeas, el
maestro y el médico, el oráculo de los indios, su consejero. El viajero francés Le
Gentil descubrió en Manila a las mujeres más guapas del mundo, al menos hasta
los diecisiete años, edad en
la que sus rostros se ensanchan
y sus estómagos engordan
como barriles porque no
usan corsé".
Las españolas regateaban con
astucia en las tiendas de los
chinos, vestidas son sedas
transparentes de China o la
India. Fumaban largos cigarrillos
mientras que en las
fiestas de los acaudalados
mestizos de Binondo, barrio
de Manila, los jóvenes bailaban
el fandango, el bolero la
cachucha entre el lascivo
movimiento de las bayaderas.
"Hasta que -señalaba el viajero
francés Paúl de la Gironiere-
el mestizo emprendedor,
el indolente español y el chino
sosegado y serio se retiraban
a los salones de juego". El filipino pasa por ser, junto con el chino, el más aficionado al juego, el primer ludópata
del mundo.
En la Manila rutilante de los paseos en calesa y a pie al atardecer, del chicoleo,
de las peripatéticas mestizas vestidas con camisas transparentes, como las de los
hombres, el "barong tagalog" (que no permitía ocultar el bolo, el cuchillo).
En las calles olía a sándalo y ajo, a cuero, especias, té y bosta de caballo. La llegada
del galeón de Acapulco, una o dos veces al año era todo un acontecimiento
para aquella sociedad manileña que vestía de seda e hilo, regalaba orquídeas y se
perfumaba con ylang ylang.
Filipinas fue el sumidero de
un imperio. Pero cuando los
insurrectos se reunieron en
Malolos para redactar la
Constitución se contaron
cuarenta y tres abogados, dieciocho
médicos y otros profesionales
educados en la ex
metrópoli. Palma escribió en
español el himno nacional y
la Constitución la redactaron
en castellano. Los Evangelios
se publicaron en el "español
de parián" (mercado). El académico
Alvar recogió unas
líneas del Evangelio de San Mateo: "Pero tal habla yo con ustedes, si por ejemplo
un gente ay separa con su mujer quien nuay culpa, y después de separar el mujer
ay casa con otro, ansima ay comoete le adulterio".
Los frecuentes cambios de Gobierno en Madrid -cincuenta gobernadores generales
entre 1835 y 1898 en Manila- impidieron, junto a la ceguera de los gobernantes,
el talante de los ultramontanos, una política social justa y coherente. Filipinas
quedaba muy lejos. El gobernador general estaba en Manila (muy lejos), el
Rey de España en Madrid (mucho más lejos) y Dios en el cielo (más lejos que ninguno).
¿Qué son las Filipinas? Se preguntaba un escritor estadounidense a principios del
siglo XX. "¿Una nueva clase de sardinas?". Otro la definiría como la "tutti fruti
country". Pero el amor de los "pinoys" por Estados Unidos es un volcán tan inextinguible
como el Pinatubo.
Hay más de dos millones de filipinos en EEUU. Una sangría de talentos, una
fuga de cerebros, una pérdida difícil de reparar. José Rizal vaticinó en un artículo
publicado en "La Solidaridad" de Madrid, la situación de Filipinas cien
años más tarde, la penetración inevitable de Estados Unidos en el Pacífico: "Quizá la gran República americana, cuyos intereses se centran en el Pacífico,
y que no ha puesto la mano en el expolio de África, sueñe un día con una posesión
extranjera. La codicia y la ambición se encuentran entre sus peores
vicios". Tardaría poco en cumplirse la profecía. Rizal, como el cubano Martí,
conocían a la "bestia" por dentro: los dos detestaban a los Estados Unidos.
Entre el turismo sexual, la pobreza, la corrupción administrativa, la violencia
interior y la rebelión mora del sur, Filipinas trata, hasta ahora en vano, de incorporarse
a los tigres asiáticos. Un país tan magnífico por tantos conceptos se
merece mejor suerte. La población crece y crece desmesuradamente porque la
Iglesia no quiere la píldora. Tampoco se crea riqueza. Entre Makati, el distrito
financiero y los políticos blancos y los cardenales, no logran sacar al país de su
siesta secular.
Ha quedado incorporada al tagalo una palabra castellana que tiene su valor en la
sociedad filipina: es "delicadeza". Con ella nos despedimos.
Manuel Leguineche
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LA MISIÓN KEICHO A EUROPA DE 1613: UNA EMBAJADA JAPONESA EN CORIA DEL RÍO |
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En el otoño de 2002 decidí remontar el río Guadalquivir hasta la ciudad
de Sevilla. Mi intención era dejar mi velero ‘Mararafare’ amarrado
frente a la Torre del Oro, un buen refugio náutico, hasta la primavera siguiente
y el retorno de la temporada propicia para nuevas singladuras marítimas. A la
altura de la boya nº4 (una de las 69 balizas que marcan el canal de navegación
fluvial entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla) permanecimos amarrados durante
dos jornadas inolvidables, con el Parque Nacional de Doñana, ofreciéndonos
su ángulo mas inédito y salvaje por la borda de babor y al alcance de la mano.
Más tarde, aprovechando una de las mareas montantes diurnas, pusimos el
motor a ronronear suavemente y reiniciamos la navegación con la vela mayor
izada. Pausadamente, la corriente invertida del Betis continuó acercandonos
hacia la esclusa que da acceso al puerto sevillano…
Pero en los viajes en barco siempre surgen incidencias que le obligan a uno a
detenerse en algún lugar no programado. Y son precisamente estos puntos de
escala inesperados los que mejor consiguen descubrirte nuevas historias, nuevas
fantásticas referencias que parecen salidas de la chistera de cierto prestidigitador
de la Historia y que nunca antes habrías imaginado.
Y eso fue lo lo que me ocurrió en Coria del Río, provincia de Sevilla, una localidad
situada a unos doce kilómetros aguas abajo de la capital de Andalucía.
Una avería del motor a la altura de la boya nº 41
(sobre la confluencia del Brazo del Este) me
obligaba a continuar el viaje fluvial con maniobra
precaria, es decir, tan solo a vela. Y al cabo
de varias horas, decidí echar el ancla sobre cinco
metros de fondo frente al embarcadero de
Coria del Río, para intentar conseguir “in situ”
esa correa de ventilador que necesitaba. Con el
‘Mararafare’ una vez fondeado, largué al agua
el bote auxiliar y remando en él me acerqué a
tierra. La extraña historia empezó para mí
entonces. En la plaza local Carlos de Mesa me
encontré con una estatua que representaba a
un samurai japonés: Hasekura Tsunenaga.
Junto a ella apareció un lugareño que me dijo
llamarse Pedro Japón… Y no encontré el
repuesto que buscaba porque todo el mundo,
me explicaron, ‘anda preparando la visita del señor, el embajador del Japón en España… “¿Acaso el vino consumido durante
la navegada había producido demasiado impacto en mi cabeza? ¿Acaso cierta
abducción misteriosa me había llevado desde el Guadalquivir hasta cierto
rincón de Extremo Oriente? ¿O es que acaso
Nipón estaba en Coria y yo no me había
enterado hasta ahora? La explicación histórica
a estas circunstancias se remontaba a
casi cuatro siglos atrás.
Principios del siglo XVII. En el noreste de
la gran isla de Hondo. La Misión Keicho de
1613… En el territorio de Mutsu, desde su
castillo-fortaleza de la ciudad de Sendai, el
poderoso señor feudal Date Masanune,
apodado “el tuerto”, gobernaba regionalmente
y era respetado incluso por el máximo
soberano del poder central nipón, el
gran shogun de Edo. Sesenta y cuatro años
antes, en 1549, el jesuita Francisco Javier
había llegado al archipiélago y a partir del
foco inicial establecido en la meridional isla
de Kyushu, el catolicismo venía prendiendo
con notable éxito a lo largo y ancho del
archipiélago del Sol Naciente, con mayor
incidencia incluso que las relaciones de
negocio que habían iniciado, casi a la par,
los comerciantes holandeses. Pero las rivalidades,
egoísmos y ansias terrenales que
enfrentaban a jesuitas y franciscanos estaban restando fuerza a esta penetración
hispano-portuguesa articulada a partir de la actividad misionera. Además, el
gran shogun pretendía prohibir la fe cristiana en su reino, por lo que muchos
japoneses conversos comenzaban a sufrir martirio. Entre tanto, Date Matasune
“el tuerto” mantenía una postura ambigua, calculada.
En 1609, Don Rodrigo de Vivero, gobernador español de las Filipinas, en su
viaje de retorno hacia Nueva España (actual México) y sorprendido por una
terrible tormenta, se vio arrastrado desde la latitud de la isla de Guam hasta las
costas japonesas, en las que naufragó. Por fortuna, los japoneses trataron con
hospitalidad a los 317 náufragos españoles y tagalos supervivientes, una circunstancia
que recuerda todavía hoy un monolito conmemorativo en la localidad
de Ouju-ku. Tras el salvamento, los lugareños trasladaron a Don Rodrigo en presencia del Gran Shogun. El primer encuentro fue en la capital nipona:
Edo. La segunda audiencia, en el llamado castillo de las montañas: Sunpu.
El Gran Shogun, como soberano del Japón, manifestó entonces a Don Rodrigo
su interés por abrir relaciones comerciales estables con el rey de España,
especialmente con sus colonias de Filipinas, pero también con las de América
e incluso con la lejana metrópoli, ya que había sido informado ‘que allende
el mar del sol naciente, el rey don Felipe hispanicus es el único y enorme
señor de todas las cosas…’ Lo que siguió a continuación tiene que ver sobre
todo con lo relatado en la novela y serie televisiva ‘Shogun’, donde un samurai
inglés, un antiguo lobo de mar llegado hasta Japón unos años antes en un
barco holandés, es encargado por el propio shogun de la fabricación de un
buque con el que los náufragos españoles pudiesen continuar viaje hacia
México.
El samurai-marino británico se llamaba en realidad William Adams (John
Blacktorne en la novela mencionada y Miura Anjin en su nombre de samurai…)
y en el puerto de Uraga comienza así la construcción del barco San
Buenaventura, de 120 toneladas de desplazamiento. En él, la travesía hasta
México se pudo realizar sin contratiempos y, tres meses después de zarpar,
Don Rodrigo de Vivero arriba a Acapulco e informa al virrey Luis de Velazzo
de tantas aventuras. Este último se apresuró entonces a enviar a Japón una
misión de agradecimiento con un cargamento de oro y plata, además de con
los 4.000 ducados que había dejado en deuda Don Rodrigo más el coste del
barco construído. Una misión que a su vez salió de Acapulco el 22 de marzo
de 1611 y a cuyo mando iba uno de los capitanes de mar españoles mas bragados
en el Pacífico: Sebastián Vizcaíno. Vizcaíno arribaría al puerto de Uraga
el 10 de junio del mismo año, pero unos meses más tarde, cumplida ya su
misión y explorando ahora el norte de la isla de Hondo, su galeón también
naufragaría.
¿Pero dónde empieza la exótica conexión Japón-Coria del Río? Pues en medio
de la tensa rivalidad entre jesuitas y franciscanos por el monopolio del Cristianismo
entre los japoneses, en cuyo escenario destaca por su habilitad política
un religioso franciscano. Se trata de Fray Luis Sotelo, un personaje
maquiavélico que influye al señor de Sendai para que éste envíe una embajada
al rey de España, y también al Papa, desde su norteño territorio feudal de
Mutsu. Es la Misión Keicho. Con ayuda de Sebastián Vizcaíno y los marinos
españoles llegados desde México y naufragados frente a sus costas, acomete la
construcción de un galeón de 500 toneladas en el puerto de Tsukinaura, en
península de Ojika. Al navío, los japoneses lo bautizan como ‘Mutsu Maru’, y los españoles como ‘San Juan
Bautista’. En cualquier caso,
estaba destinado a ser el
primer navío japonés en atravesar
de oeste a este todo el
Océano Pacífico.
Al frente de la Misión Keicho
a España, el señor de Sundai
nombró a uno de sus samurais
más fieles, Hasekura Tsunenaga:
un héroe de las dos recientes
guerras, de 1591 y de 1607,
ganadas por los japoneses en
la península de Corea. A éste
le acompañaba una comitiva
de hasta ciento cincuenta
japoneses más, entre personal de servicio, hombres de armas y comerciantes.
La navegación del ‘San Juan Bautista’ sería responsabilidad de Sebastián Vizcaíno
y veinticinco hombres de mar españoles más. En cuanto al cuerpo expedicionario-
religioso, lo componían tres frailes franciscanos: el mencionado Fray
Luis Sotelo, Fray Ignacio de Jesús y Fray Diego de Ibáñez. Su secreto objetivo
estribaba en conseguir del Papa un episcopado en Japón que les pusiese en
línea de igualdad con sus acérrimos enemigos, los jesuitas, que contaban con un
obispo en las islas… Cuando el San Juan Bautista zarpó de las costas de Mutsu,
Date Mutusane, recién convertido al catolicismo, y en contra de las directrices
emanadas del poder central japonés, se dedicó a perseguir sin piedad a
budistas y shintoistas en su señorío. El también tenía un secreto objetivo con la
misión Keicho: establecer de manera autónoma y al margen de la estructura
feudal japonesa, nuevas fidelidades con el monarca más poderoso del planeta,
según le habían dicho: el rey Felipe III de España.
En la rada de Acapulco, el San Juan Bautista o Mutsu Maru fondeó a finales
de enero de 1614. Llegada la comitiva a Ciudad de Méjico, el virrey Guadalcázar
recibió a la embajada y organizó prontamente el bautismo de hasta
sesenta y ocho japoneses del séquito. Pero tan solo Fray Luis Sotelo, el samurai
Hasekura Tsunenaga y treinta japoneses más se deciden a continuar el viaje en
caravana de mulas hasta la costa atlántica en Veracruz. El 10 de junio de 1614
partirán desde el fuerte de San Juan de Ulúa a bordo del galeón San José,
integrado en la flota de Indias que retornaba a la Península aquel año vía La
Habana y comandada por Don Antonio de Oquendo. La llegada a Sanlúcar de Barrameda tuvo lugar el 30 de septiembre de 1614 y el duque de Medina
Sidonia, señor de la villa, envió carrozas para recibir y honrar a los embajadores
del Asia y su séquito, dispensándoles famoso alojamiento. Además, el
duque aparejó dos galeras que los condujesen río arriba hasta Coria del Río,
donde deberían esperar unos diez días hasta ser recibidos por las autoridades
sevillanas.
Coria del Rio, en la época, tenía una población de poco más de dos mil habitantes,
que vivían esencialmente de la pesca fluvial, la cría de caballos y de
algunos huertos de modesta importancia. Sin embargo algunos de los japoneses
del samurai Hasekura vieron en Coria el
soñado paraíso terrenal… Cautivados con el
lugar y sabiendo de la persecución del Cristianismo
recién decretada en su país, después
de su partida, junto con el cierre de las
fronteras japonesas (una situación que perduraría
ya hasta 1852), decidieron quedarse a
vivir en Coria para profesar su nueva religión
sin peligro. Y algunas mujeres de Coria decidieron
casarse con estos católicos de ojos
rasgados llegados del fin del mundo… La
huella de este entronque nipón en Coria fue
una nueva descendencia mestiza que pronto
distinguió a las calles de este lugar con rasgos
asiáticos únicos en el contexto del resto de
Andalucía. Las primeras noticias acerca de
este singular hermanamiento coriano-nipón
se identifican por primera vez a mediados del
siglo XVII en el registro bautismal de la
parroquia local de Santa María de la Estrella,
donde se encontró la partida bautismal de un
niño que llevaba por apellido Japón y que era
hijo de uno de los japoneses miembros del
séquito de Hasekura. Lo notable es constatar
en el censo sevillano de 1995 el apellido
Japón perdura en el caso de mas de 600 ciudadanos.
Sin embargo, la existencia del apellido Japón como consecuencia de
aquel largo viaje protagonizado por la Misión Keicho de 1613 permaneció
desconocida para la historiografía nipona hasta que en 1989, con motivo de la
conmemoración de la fundación de la ciudad de Sendai, se empenzó a investigar
sobre el pasado de la misma, hallándose una serie de documentos escritos por el propio Date Masamune, el gran Señor de Mutsu y Sendai, donde se menciona
la misión de Hasekura. Hoy la Asociación Hispano-Japonesa ‘Hasekura’
de Coria del Río, fundada en 1993, organiza actividades y fomenta el encuentro
entre corianos y japoneses que vienen a visitar el pueblo de sus antepasados
de la Misión Keicho.
Una Misión Keicho que continuó su viaje de Coria a Sevilla y de aquí a
Cordoba y Madrid en dos carros, dos literas y veintidós acémilas de monta y
carga. En la Villa y Corte fueron recibidos en audiencia por el rey Felipe III,
cuyo gabinete mantuvo con los enviados una prudente y diplomática distancia,
en medio de todas las atenciones, al conocer que eran embajadores de un
poderoso señor feudal pero no del soberano de su lejano país. La comitiva
japonesa se aloja en el madrileño convento de San Francisco. El 30 de enero
de 1615 fueron recibidos en audiencia por el monarca Felipe III. Y el 17 de
febrero, en el monasterio de las Descalzas Reales, con asistencia del propio rey
y de toda la corte, el samurai Hasekura es bautizado como Felipe Francisco
Tsunenaga. En el mes de agosto de 1615 partirán hacia Roma. Su ruta pasa por
Alcalá de Henares, Daroca, Zaragoza y Lérida. En Barcelona embarcan hacia
Génova en dos fragatas y un bergantín de la Armada española. Y el 3 de
noviembre son finalmente recibidos por el pontífice Pablo V, quien nombra a
Fray Sotelo obispo de Mutsu, como era su estratégico deseo. Pero se trata de
una política de gestos, sin compromiso real alguno ni por parte del rey de
España ni por parte del Papado. Cuando en 1622 las Misión Keicho retorna,
después de once años de viaje, de nuevo al puerto de Nagasaki, el samurai
Hasekura, Felipe Francisco Tsunenaga, es inmediatamente encarcelado por
orden del shogun y Fray Sotelo es quemado vivo sin contemplaciones. Sólo
continúa feliz el grupo de japoneses que en Coria del Río decidieron quedarse
para siempre a orillas del Guadalquivir.
Asombrado por esta historia, izé de nuevo el velamen del Mararafare y con la
siguiente marea proseguí mi viaje hacia mi punto de invernada en Sevilla.
Juan Gabriel Pallarés
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